Es altamente probable que el cáncer (como enfermedad global, patologías diversas, y diferentes experiencias y significados), nos acompañe en lo que resta de la historia de la humanidad. Y es que parte de su fenomenología está asociada a procesos irreversibles de desgaste corporal, mutaciones genéticas y a las capacidades limitadas que los cuerpos multicelulares tenemos para lidiar con esperanzas de vida que superen los 75 años. Más que una cura, o solución, este tipo de envejecimiento requerirá un aprendizaje sobre las maneras más dignas de acercarnos socialmente a la muerte inevitable y construir un legado generacional que sea lo más responsable (ecológica y económicamente) posible.
Sin embargo, hoy estamos ante un cáncer cuya incidencia no es sólo el producto del aumento en la esperanza de vida, sino de procesos acelerados de daño ambiental y corporal: una pandemia reproducida por el consumo de productos industrializados y la exposición de poblaciones enteras a factores cancerígenos liberados en el planeta. En este contexto si el cáncer puede ser el efecto normal de una vida más longeva, en nuestra época se ha vuelto también el signo de una muerte prematura y de un padecimiento que aparece de manera violenta sobre personas y comunidades ya afectadas por otros males sociales.
La medicina, la biomedicina y la epidemiología han abordado algunos de los aspectos biológicos y ambientales del cáncer y han diseñado muy diferentes intervenciones dirigidas al control farmacológico, o bien al diseño de políticas de prevención y atención. El paradigma que guía estas acciones reproduce un ciclo que va de los conocimientos biológicos de la patología, hacia el diseño de tecnologías farmacéuticas y clínicas que usen estos conocimientos para prevenir, tratar o paliar la enfermedad. Los resultados globales y locales de este paradigma han sido contrastantes, por un lado se ha logrado aumentar la esperanza de vida de algunas poblaciones, pero por el otro se han acentuado los padecimientos asociados a la desigualdad y la violencia que la industria de la salud puede también generar, cuando el mercado es quien condiciona el bienestar social. Por su parte la psicología, las ciencias sociales y las humanidades han desarrollado diversas críticas y propuestas metodológicas para poder visibilizar los diferentes sujetos, actores, instituciones y corporaciones que están siendo beneficiados o afectados por estas formas de enfrentar la enfermedad. Para estas disciplinas el cáncer no puede ser visto sólo como un problema biomédico, sino también como el desarrollo histórico, económico y político de los padecimientos sociales. Los enfermos son también sujetos históricos y sus cuerpos y emociones suelen llevar las marcas de la desigualdad, la injusticia y la exclusión que existen en su sociedad.
La complejidad biocultural del cáncer refiere al reconocimiento de este entramado de relaciones de cuerpos, culturas, historias y sociedades, que se viven tras cada uno de los números y estadísticas epidemiológicas. Para poder comprender estas relaciones se requiere una apertura de los muros disciplinares que hasta ahora han fragmentado el conocimiento del cáncer.
Si bien ya existen estudios interdisciplinarios donde se reúnen expertos de diversas áreas para abordar algunos de estos temas, se requiere avanzar hacia formas más transdisciplinarias de investigación, esto es, trabajos donde se articulan disciplinas científicas con los conocimientos y las propuestas de los afectados y actores que sin estar en el campo académico, juegan un rol crucial en cualquier modelo de intervención.
Este diplomado nace como una respuesta a estos desafíos, ofreciendo un modelo de análisis e intervención sobre tres escalas: las macro, meso, y micro complejidades bioculturales del padecimiento. Con la perspectiva de fortalecer y expandir una alianza de investigación y acción, donde las ciencias sociales y las humanidades puedan contribuir al diseño de indicadores de políticas públicas más acotadas a la realidad contextual del afectado y de las instituciones, y a la implementación transdisciplinar del Plan nacional de prevención y control del cáncer, donde México ha quedado rezagado.
De hecho, el diplomado se enmarca en un programa de investigación y acción inter- institucional que produzca líneas de investigación transdiscplinarias, artículos especializados y de divulgación; tecnologías sociales, manuales para afectados, y nuevas herramientas para la promoción de salud en contextos diversos.